Digital y tal
- Liber Alis
- 11 dic 2024
- 4 Min. de lectura
Cuando hemos perdido desde que todo el mundo lleva geolocalización en el bolsillo. Sí, vale, es cierto que hemos ganado muchas cuestiones prácticas. Salir de un sitio A y llegar a un sitio B por el camino mas corto/con menos tráfico/que tenga menos trozo caminando/carretera con vistas/evitar peajes/ etc., etc., etc... está al alcance de cualquier analfabeto funcional. Guay. Pero pensemos en cuanto se ha perdido. Como perderse, por ejemplo. Nos hemos perdido perdernos. Y perderse es la esencia de todo. Perderse es encontrar tesoros, descubrir verdades, crecer (se) y aprender (se). Imaginemos al insufrible Holden con un móvil en el bolsillo. No habría podido darnos esas 100 páginas de existencialismo adolescente mientras deambulaba por una invernal Nueva York. Seguramente no se habría parado en el estanque de Central Park y no tendríamos esa absurda disertación sobre los patos y el invierno. Y qué decir de Dorothy y su camino de vuelta a casa. En lugar de seguir el sendero de baldosas amarillas hubiera puesto Google Maps y nos habría dejado sin la mitad del aprendizaje.

Parecen tonterías, pero no lo son. Me encantan los viajes por carretera por lo que tienen de descubrimiento constante. No solo del paisaje, de la geografía, de las comarcas recorridas, de las vidas espiadas o de los monumentos revelados. También te descubres a ti, que normalmente estás perdido en tus rutinas y tus propios límites autoimpuestos de manera casi siempre automática o seminconsciente. Nunca he pensado que "el viaje de autodescubrimiento" sea en Vietnam, Samarkanda o MachuPichu. Creo que está mucho más cerca. En la Alcarria, las Hurdes, las Merindades, los pueblos blancos, la Costa da Morte, el Valle del Silencio o cualquier otro cachito de tierra tejido por caminos entre campanario y campanario, a tiro de un depósito de gasolina. Pero, ya sea en Tanzania o en Soba, el móvil lo tienes que dejar en la guantera. Lo puedes consultar por la noche, cuando necesites comprobar si la arquitectura de ese monasterio es románica o si la construcción de esa presa supuso algún perjuicio para la comarca o cual era el pájaro que viste en la rama del cerezo o si las vacas negras son de leche de de carne. Ahí sí que son imprescindibles las bondades de la tecnología, ahora que las posadas y hostales no tienen biblioteca. Y puede que resolviendo una duda a una pregunta casual nacida de la observación, encuentres un hilo del que tirar para seguir con tu viaje. O puede que encuentres una madeja entera para aprender que la vida está mucho más cerca de lo que creías y es sensiblemente diferente a lo que pensabas.

Desde luego, si tu descubrimiento va a ser por Madrid, debes de apagar el teléfono. Puede que hayas caminado mil veces entre tu casa y la Puerta del Sol, pero si dejas el móvil y abres los ojos, descubrirás cornisas y fachadas, cartelería, comercios, esquinas o barras de bar que ni te imaginas. Y, de nuevo, puede que necesites contrastar información en Wikipedia o verificar leyendas en el catálogo digital de algún museo, pero también puedes hablar con otro humano; hacer eso tan extraño que es lo que nos diferencia del resto de los animales y nos convierte en sociedad. Hablar, charlar, pegar la hebra, hilar la madeja, darle a la sinhueso... Es cierto que tendrás que hacer varios intentos antes de encontrar a otro personaje como tu, pero también es cierto que nada de malo tiene engordar tu anecdotario con tus aventuras tratando de entablar una conversación con un extraño por Madrid. Igual te sorprendes, pero lo que es seguro es que descubrirás.

Y es que, descubrir es en ciertos aspectos, lo contrario de encontrar. Google Maps, el GPS y tu teléfono te pueden ayudar a encontrar, pero solo sin ellos descubrirás aquello que no sabes que estás buscando. Haz la prueba. Elije un bus de la EMT, sube y bájate al final del trayecto. Luego, deambula. Te prometo que vas a descubrir algo increíble. Y si tienes más tiempo, hazlo con tu coche. Llena el depósito, elige un sector de las radiales y sal de las vías rápidas. La última vez que hice algo así descubrí salinas en Guadalajara y curry en la Quinta de los Molinos. "Vaya mierda de descubrimientos!" dirá alguno. Pues hombre, las fuentes del Nilo ya estaban pilladas y lo que me gustaría que siguiera siendo un tesoro por descubrir, no te lo voy a contar aquí.


Ese es el otro punto para que dejes el móvil en la guantera o apagado. Debería de estar prohibido desvelar los misterios del viaje. Cada vez es más complicado llegar a un sitio y sorprenderse, pues lo más probable es que antes de ir ya lo hayas visto de día, de noche, con sol, con lluvia, con gente, con más gente, en primavera, en invierno, desde una perspectiva y desde otras cien mil. No he estado nunca en Nueva York, pero creo que podría ir con los ojos cerrados de Madison Square a Carnegie Hall. No necesitamos más fotos de gente sosteniendo la Torre de Pisa, de gente vestida de blanco entre los campos de lavanda de Brihuega o de gente sentada en el "columpio más bonito del mundo". Y no estoy diciendo que no hagas fotos. Haz fotos, claro que sí. La fotografía es un arte maravilloso y una bonita forma de expresar y de recordar. Pero, por Dios, no lo publiques. No eres comunity manager, no eres redactor de la Guía Verde, no eres el puto Robert Kinkay. Haz fotos y guárdatelas para ti. Deja que el resto de los viajeros-buscadores del mundo sigamos siendo vírgenes por elección propia. Permítenos sorprendernos cuando delante de nuestros ojos, la marea arrasa el Mont Sant Michel o con los juegos que los rayos del sol hacen en Stonhenge.

En fin, que no soy ninguna Neandertal, pero que hay cosas que elijo usar solo a discreción, no por imposición y que te recomiendo que en estos días de "paz y amor" te hagas un favor y desconectes del GPS para reconectar contigo mismo.
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