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Anna Karenina: de la bandera a la reflexión

Leer Anna Karenina es para muchos lectores una obligación. No solo por estar considerada una de las novelas más importantes de la literatura universal, sino por ser un trofeo, una muesca en el revolver, una medallita en la solapa. Es como si el hecho de haberla leído te vistiera irremediablemente de elegancia, audacia y cultura, y subieses un escalón en la jerarquía de los frikis de los libros.



Desde luego, es una lectura que merece una segunda e incluso una tercera visita, a poder ser en diferentes etapas vitales. En mi caso la primera vez que la leí estaba en un barco. Tenía muchas horas que matar y una biblioteca bastante decente. Recuerdo que me maravillaba la capacidad de Tolstoi de transportarme a los campos rusos durante las labores de preparación de la tierra o de recolección. A veces levantaba la cabeza del libro y lo que veía me desubicaba, pues llevaba un par de horas a caballo entre San Petesburgo y Moscú o segando un campo de trigo. Aunque, en la mitad de mis veintes, con más muescas pendientes que marcadas, lo que me atrapó fue el personaje de Anna. Es complicado ahora recordar, sabiendo lo que sé de la vida, las relaciones etc etc, como me hizo sentir esa historia tan bien contada. Quiero recordar que me pareció audaz, valiente, libre y coherente, incluso en su final.


Desde entonces han pasado mas de 20 años y en mi revisión de esta novela he podido hacerme una idea más madura y más profunda de todo el contexto y sus implicaciones.

Una de las cosas que más me ha gustado, además de volver a disfrutar en grande de los paisajes y tradiciones rurales, ha sido darme cuenta de lo bien construidos que están todos y cada uno de los personajes. No hay en esta obra ningún arquetipo; no hay ningún cliché; todos son humanos, imperfectos, fallidos en contraposición a la ejemplaridad. Y sin embargo, todos pueden ser espejos de todos los lectores en diferentes etapas de sus propias vidas. Cada uno tiene sus rasgos de personalidad perfectamente definidos y es completamente real. Anna...Dios que mujer tan valiente, tan egoista, tan fuerte, tan débil, tan outsider y tan encorsetada. Anna es un ser libre viviendo en un mundo que se esclaviza a si mismo y en el que a ella le gusta destacar encajando, pero ese mismo esfuerzo que la pone a bien con la sociedad es el que la está matando. Anna es un pájaro enjaulado al que le encanta ser admirado por su trino. Un pájaro doméstico con ínflulas de salvaje que huye al bosque pero vuelve a comer al comedero. Anna es una madre dándose cuenta de que también es una mujer y tratando de salvar el conflicto que eso le genera. Es, abrumador verle cada arista, sentir cada bandazo. Pero no es solo Anna, pasa lo mismo con el otro protagonista de esta novela bicéfala, Lievin. No recuerdo a Lievin de mi primera lectura (lamento recordar que recuerdo a Vronsky; cosas de la edad) y en mi relectura descubro a un hombre complejo, luchando constantemente contra si mismo. Midiendo en cada decisión lo ajustada o alejada que está del ideal al que ha decidido limitar su existencia. Un hombre de sólidos valores que a veces le cuesta mantener, explicar o seguir. Un elemento anómalo en sociedad que termina cumpliendo con todos los preceptos sociales de ese mundo de apariencias que detesta. Y disfrutando de ello.


Hay mucha bibliografía aludiendo a que Lieven sería una especie de alter ego del propio Tolstoi. Y esta es, de lejos, la cuestión que más me ha seducido de mi relectura de este clásico: aproximarme a la filosofía de Tolstoi, un hombre que tuvo una profunda crisis interior en su mediana edad y cuyos postulados vitales inspiraron a Gandhi.



Pero hoy, el filósofo Tolstoi no tendría eco. Sería más bien molesto. Un insecto de esos que no pican, no parasitan, no infectan, no colonizan, pero aún así se deshace uno de ellos con un manotazo. El mundo de hoy no admitiría la forma de vida de Tolstoi (como no admite la de sus seguidores, Luther King o Gandhi entre otros). Vivimos en un mundo absolutamente polarizado, envenenado por la posverda, donde todo requiere de posicionamiento, de reivindicación grupal, de opinión y crónica épica. Muy épica y mucha épica, parafraseando a Rajoy. Vivimos en un mundo de reinvindicar la contracultura, la contracorriente...Vivimos en un mundo donde triunfa una lectura somera y reducida de Thoreau y donde la lectura de Anna Karenina se limita al mito de la mujer que antepone la pasión por su mediocre amante a los convencionalismos sociales y se utiliza su personaje como bandera de la liberación femenina. Me parece triste y errado. Porque la filosofía de Tolstoi sería justo la opuesta. Este hombre sabio defendía que para sanar una sociedad enferma, había que abstraerse de esa sociedad, aislarse. Pero no al modo de Thoreau y su cabaña en el lago Walden. No al modo de Anna huyendo con Vronski a Italia. Tolstoi no defendía la rebelión contra el sistema, sino no participar del problema. Es decir, para Tolstoi la idea de irse a un bosque y practicar la desobediencia civil es parte del problema. Como lo somos todos cuando polarizamos, discutimos, tomamos partido, vamos, cuando entramos en la rueda. Porque con toda esa visibilización de las posibles soluciones (cabañas, huidas) lo que hacemos es alimentar la épica y no se trata de convencer a nadie de nada. En eso mismo está el problema. Se trata de ejemplarizar con la vida. De vivir y callar. De dejar que te vean. De dejar que vean como te cambias a ti mismo y tal vez con suerte, que alguien se aproxime a ti sin perturbarte para intentar su propio cambio. Sin ruido, sin épica.


El pensamiento de Tolstoi es hoy radical, porque se basa en no dejar que nadie use tu conciencia como combustible. Tolstoi te pide tomarte tu tiempo para pensar sin dejar que tus emociones alimenten un engranaje social desbocado. Tolstoi te pide que no polarices, sino que desactives. Que dejes de alimentar el fuego y te sientes a ver como se extingue. Y eso, en nuestro mundo, es una revolución mucho mas profunda que la de irse al monte a hacer brushcraft. Es cierto que para poder ajustarse a ese pensamiento, Tolstoi usa la religión como pilar fundamental. Pero los agnósticos tenemos nuestro propio pilar en nuestra poesía, nuestra literatura, nuestra naturaleza.


Y quizá por eso volver a esta novela no sea solo una experiencia literaria, sino casi un ejercicio de resistencia íntima, personal. Leerla despacio, sin buscar banderas que ondear es una forma de escapar del ruido. Tolstoi no ofrece solución ni consuelo sino algo mucho más incómodo: la obligación de mirarse a uno mismo sin coartadas. Anna no es un modelo y Levin no es un héroe. Son preguntas abiertas, contradicciones vivas, tensiones que no se resuelven con un tuit ni con un manifiesto.


Cerrar Anna Karenina a los veinte años es cerrar una gran novela. Cerrarla pasados los cuarenta o los cincuenta es cerrar un espejo. Un espejo incómodo, a veces cruel, pero honesto. Uno que no te dice quién deberías ser, sino que te obliga a preguntarte en qué engranajes participas sin darte cuenta, qué jaulas aceptas por comodidad y qué emociones te mantienen vivo aunque te desgasten.


Tal vez leer a Tolstoi hoy sea, paradójicamente, un acto silenciosamente subversivo. No porque nos empuje a hacer algo concreto, sino porque nos invita a dejar de hacer "algo", dejar de hacer "cosas". Dejar de hacer. A bajar el volumen.



 
 
 

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