La casa de arena
Hacía veinte años que no visitaba la ciudad. Dos décadas. Cuatro lustros. Anteriormente, aquella urbe mediterránea y cosmopolita había formado parte de mí. Seguramente, algunos de los andamios que sostienen mi insignificante existencia humana están hechos de cachitos de Barcelona.
Si echo un vistazo a los índices de los cajones de mi memoria, encuentro 'holas' y 'adioses'; ramalazos reivindicativos que me siguen sorprendiendo; salitre, vodka, sandalias de cuña, jazz y contenedores de obra.
También colores, cierto es, hay muchos. La ciudad que fue MiBarcelona está llena de color. Desde las tiendas de segunda mano de El Born hasta los collages de frutas de la Boquería, pasando por los azulejos del parque Güell y por los adornos callejeros de la Mercè.
Pero veinte veranos largos de sol implacable todo lo decoloran. Incluso los ojos de quien mira. Y cuando uno ya no tiene como deporte hurgar en las esquinas más oscuras de su vida pasada ni entiende como una proeza sostener con letras de canciones instantes vitales, la mirada se relaja y se ocupa solo en lo que ve. Ni en lo que quiere ver ni en lo que recuerda haber visto.
Por eso, cuando ya soy esa persona que no guarda cachitos de corazón dentro de una bota (la referencia musical ahora solo es un guiño) sino que mira sin predisposición ni nostalgia y fotografía con ojos viejos miradas nuevas; por eso ahora que mi capacidad de sorpresa está descontaminada de stories pero cargada de history, no podía dejar pasar la oportunidad de escaparme a esa nueva Barcelona, nada mía, a mirar de cerca la obra de Guillermo Lorca.
La experiencia ha sido completa. Por un lado, me he sentido trasladada a una ciudad desconocida de la que he regresado sin que nada de ella haya permeado en mí; por el otro, he viajado dentro de un mundo de belleza abrumadora y salvaje del que cuesta salir.

No sabría decir qué es lo que hace que uno quiera ser parte del universo Lorca. Supongo que es un conjunto perfecto donde también tiene importancia la sala de exposiciones. El MEAM es un antiguo caserón medieval reconstruido por completo en el siglo XIII, muy cerca del Museo Picasso, con espacios enormes llenos de escayolas estropeadas y paredes desconchadas. Un marco perfecto para cuadros que en su mayoría son de gran tamaño y que requieren de una atmósfera mezclada de sensualidad onírica y decadente elegancia para que su efecto sea completo. No imagino estos cuadros en una exposición temporal del Thyssen. No sería lo mismo. No significa esto que por sí mismas las obras sean incompletas, pero de alguna manera, el lugar donde están expuestas las arropa construyendo un mundo único. Supongo que por eso la exposición se llama 'La casa de arena'.
Si rebusco un poco recuerdo haber atravesado una tormenta de arena, literalmente. Fue navegando por el Mediterráneo, cerca de las costas de Túnez y Libia. Cuando navegas en medio de este fenómeno meteorológico, el aire es denso, pesado y las ráfagas de viento duelen. Los granos dorados suspendidos te azotan la ropa y te arañan la piel y la visibilidad es prácticamente nula. No lo describiría usando la niebla como referencia, porque, a pesar de compartir la falta de horizonte, son cosas muy diferentes que se sienten de manera muy diferente. La humedad frente a la aridez. Y la anomalía de sentir esa aridez dentro del agua hacen que niebla y arena sean dos filtros opuestos para la realidad. Por eso me gusta el nombre de la exposición. 'La casa de arena' te sacude y te envuelve en una atmósfera de luz tamizada e imágenes que se te clavan en la piel. También me gusta la idea de los castillos de arena infantiles. Me recuerda lo transitoria que es la realidad y lo permanente que es la memoria. La belleza de una infancia limpia que no deja de tener sus monstruos pero que se supera y consigue construir adultos funcionales que vuelven a construir castillos de arena con sus propios hijos, sin culpa ni miedo.

Los cuadros de Guillermo Lorca están llenos de referencias personales que conforman un universo propio del que, una vez cruzas el vano de la entrada en la primera planta del museo, te sientes parte. Están llenos de animales y de niños; de fieras y de inocencia. Y en función de cómo los mires, la fiereza y la inocencia se encarnan ahora en animales y niños, ahora viceversa, saltando entre unos y otros y haciéndote dudar de quién es el bueno y quién es el malo en ese cuento que se cuenta sin palabras delante de tus ojos. Las increíbles miradas se trasponen y se transponen y la misma niña pequeña y sutil rodeada de luz (una luz increíble, de cuento, tamizada de arena, onírica pero tremendamente real) se convierte en una fiera capaz de domar cocodrilos o perros para ponerlos al servicio de la belleza.


No soy crítica de arte. No voy a hacer una sesuda tesis sobre el trazo, la composición, la técnica, etc. Pero soy una persona emocional y por eso hablo de las emociones que me ha despertado mirar en persona algo que llevaba meses viendo por internet.
La exposición termina en breve y yo recomiendo verla antes de que eso pase. Pero estoy segura de que habrá, a lo largo del tiempo, más oportunidades de disfrutar de este chileno cuya obra ya es un referente para diseñadores, contadores de historias, fotógrafos y personas que disfrutan de vivir en otras realidades. Realidades que parecen mentira. Mundos paralelos.
Eso sí, si decide venir a Madrid, tendrá que esforzarse por encontrar un marco adecuado para su imaginario. Aquí la arena, para bien y para mal, queda muy lejos de la piel.




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